Progreso, ¿qué progreso?

José Albelda. A principios de 2010 se inauguró oficialmente el Burj Khalifa, más conocido como Burj Dubai, el edificio más alto de un mundo en el que la conquista de la escala física y la superación constante de los límites sigue siendo uno de los principales patrones de medida de poder, tanto técnico como económico. Según se comenta, el Burj Dubai, con sus 818 metros no sólo es el edificio más alto del planeta, sino el que ya no va a ser superado, o al menos esa es su vocación, ser el definitivo techo del mundo. Sobrepasando en trescientos decisivos metros a su competidor más inmediato, la torre Taipei 101 en Taiwan, lleva camino de convertirse en el icono funerario de una economía sin visas de continuidad, un símbolo ya obsoleto de progreso en el contexto de la crisis ecológica y económica global. En el horizonte del final del petróleo barato y del crack financiero generalizado, los retos megalómanos basados en el dispendio económico y energético van perdiendo protagonismo como señalados símbolos de progreso, quizás por su obscena visibilidad, por más que la inercia siga siendo poderosa. Desde esta perspectiva, su nuevo record de altura, como todos los grandes hitos vacíos de final de ciclo, acaba siendo un fracaso disfrazado de éxito, una hipérbole a destiempo que disuade cualquier intento de competición.

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